por S. Stuart Park
La brillante intelectual y gran poeta mexicana que fue Juana Inés de Asbaje Ramírez de Santillana (1648 ó 1651—1695), conocida como sor Juana Inés de la Cruz, inició su gusto por la lectura gracias a la biblioteca de su abuelo donde leyó a los clásicos griegos y romanos además de teología. Quiso que su madre la enviase a la Universidad disfrazada de hombre, puesto que las mujeres no podían acceder a esta, pero no consiguió su objetivo. Frecuentó la corte y conoció a los grandes eruditos del virreinato hasta que en 1660 ingresó en la Orden de los Jerónimos.
Como religiosa se vio involucrada en una disputa teológica a raíz de una crítica privada que realizó sobre un sermón del predicador jesuita António Vieira que fue divulgada por el obispo de Puebla bajo el título de
Carta atenagórica, que prologó con el seudónimo de sor Filotea, recomendando a sor Juana que dejara de dedicarse a las «humanas letras» y se dedicase en cambio a las divinas. Esto provocó la reacción de sor Juana a través de su escrito
Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, donde reclamaba los derechos de la mujer a la educación, el mismo sentimiento que expresó en un soneto titulado ‘En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas?’.
En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?
Yo no estimo tesoros ni riquezas;
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi pensamiento
que no mi pensamiento en las riquezas.
Y no estimo hermosura que, vencida,
es despojo civil de las edades,
ni riqueza me agrada fementida,
teniendo por mejor, en mis verdades,
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.
En 1693 Sor Juana Inés dejó de escribir para dedicarse más a labores religiosas, y hay quienes atribuyen la causa a una conspiración misógina tramada en su contra, tras la cual fue condenada a dejar de escribir y se le obligó a cumplir lo que las autoridades eclesiásticas consideraban las tareas apropiadas de una monja. Santa Teresa la habría entendido perfectamente.