por S. Stuart Park
La poeta chilena Gabriela Mistral (1889-1957), Premio Nobel de Literatura, diplomática, profesora y pedagoga, testificó de su amor por la Biblia como fuente de inspiración en un emotivo encomio al libro de libros que la había acompañado a lo largo de su vida:
«Libro mío, libro en cualquier tiempo y en cualquier hora, bueno y amigo para mi corazón, fuerte, poderoso compañero. Tú me has enseñado la fuerte belleza y el sencillo candor, la verdad sencilla y terrible en breves cantos. Mis mejores compañeros no han sido gentes de mi tiempo, han sido los que tú me diste: David, Ruth, Job, Raquel y María. Con los míos éstos son toda mi gente, los que rondan en mi corazón y en mis oraciones; los que me ayudan a amar y a padecer».
En un poema titulado ‘Mis libros’ describe su pasión por el misterio que contenían sus estanterías. Empieza así:
¡Libros, callados libros de las estanterías,
vivos en su silencio, ardientes en su calma;
libros, los que consuelan, terciopelos del alma,
y que siendo tan tristes nos hacen la alegría!
Mis manos en el día de afanes se rindieron;
pero al llegar la noche los buscaron, amantes
en el hueco del muro donde como semblantes
me miran confortándome aquellos que vivieron.
¡Biblia, mi noble Biblia, panorama estupendo,
en donde se quedaron mis ojos largamente,
tienes sobre los Salmos como lavas hirvientes
y en su río de fuego mi corazón enciendo!
¡Los Salmos! Aún no nos hemos acercado al Salterio, fuente suprema de belleza poética y hondura espiritual, pero antes de hacerlo no puedo resistir la tentación de referirme a un poema suyo titulado ‘Ruth ‘en la que lee la historia de la moabita y su encuentro con Booz en clave de historia de amor. No sé lo que pensarían los puristas, pero, a mi modo de ver, se trata de una profunda lectura que desvela las claves de la historia de Ruth mejor que muchos comentarios eruditos. Termina así:
Ruth vio en los astros los ojos con llanto
de Booz llamándola, y estremecida,
dejó su lecho, y se fue por el campo...
Y ¿quién le quitará la razón?