por S. Stuart Park
Robert Burns (1759-1796), universalmente conocido como Robbie, el poeta icónico de Escocia es recordado en el mundo anglosajón por su
Auld Lang Sine, cantado a pleno pulmón con los brazos entrelazados rodeados de globos y serpentinas, en celebraciones como la de Noche Vieja, como todo el mundo ha visto en las películas de Hollywood, por ejemplo. Criado en el mundo rural trabajó como mozo de labranza hasta que comenzó a prosperar gracias a la popularidad de sus versos.
Agudo crítico de la hipocresía humana, publicó entre otras grandes obras ‘La oración del santo Willie’, un hombre que, reclamando los juicios de Dios sobre quienes consideraba indignos de su vocación religiosa, siendo él mismo un hipócrita redomado que, sin embargo, se creía miembro del reducido grupo de los Elegidos para la salvación. El poema comienza así:
Bendigo y alabo tu poder incomparable,
Cuando miles has dejado en la noche,
Que yo aquí ante tu vista,
Por dones y gracia,
Una luz ardiente y brillante
Para todo este lugar.
A Willie le habría venido bien conocer el poema que el pobre John Clare dedicó a la lápida que atestiguaría su autoproclamada condición de indigno pecador:
Ninguna alabanza halagadora embadurna mi piedra,
Mis flaquezas y mis faltas para ocultar;
Mis faltas y defectos todos son conocidos
—Viví en pecado— en pecado morí.
Y ¡oh! no me condenes, te lo ruego,
Tú que ves mi triste confesión;
Pero pregúntale a tu alma, si puede decir,
Que soy un hombre más vil que tú.
Aunque a Willie le habría bastado recordar una parábola que contó Jesús:
«Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido» (Lucas 18:10-14).