por S. Stuart Park
El origen divino del
Logos implica un ineludible compromiso moral en el empleo de las palabras, un hecho que corrobora sucintamente el sabio Qohélet en su denuncia de la necedad. Entre las muchas áreas sobre las que la insensatez extiende su maraña en la vida del hombre, la más absurda es la que afecta al mundo de la religión. Acudir a la casa de Dios para multiplicar palabras piadosas, o hacer votos a la ligera delante de Dios, es vivir en la irrealidad. En su lugar Qohélet propone conducirse con reverencia y sensatez:
«Cuando fueres a la casa de Dios, guarda tu pie; y acércate más para oír que para ofrecer el sacrificio de los necios; porque no saben que hacen mal. No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo, y tú sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras. (…) Cuando a Dios haces promesa, no tardes en cumplirla; porque él no se complace en los insensatos. Cumple lo que prometes. Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas» (Ecl. 5:1-2, 4-5).
El propio Jesús de Nazaret, antes de enseñar el ‘Padrenuestro’ como modelo de oración, dijo:
«Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. Cando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos» (Mt. 6:1-7).
El lenguaje religioso no ha de ser rutinario o engañoso, sino veraz, e incluso atractivo. De nuevo Qohélet:
«Y cuanto más sabio fue el Predicador, tanto más enseñó sabiduría al pueblo; e hizo escuchar, e hizo escudriñar, y compuso muchos proverbios. Procuró el Predicador hallar palabras agradables, y escribir rectamente palabras de verdad» (Ecl. 12:9-10).
Ahora bien, en este el penúltimo artículo de esta serie, no quisiéramos terminar con tono moralizante ya que no somos quiénes para aleccionar a nadie, como resulta evidente. Nuestra intención ha sido elevar nuestro respeto por las palabras del texto sagrado que encuentran su culminación y plenitud en Cristo, el Alpha y la Omega de todo léxico hablado o escrito, el
Logos divino cuyas palabras son espíritu y son vida (Jn. 6:63).