por S. Stuart Park
San Pablo conoció de cerca las artes del Engañador (ver 2 Co. 11:3), y advirtió a los ancianos de Éfeso de que después de su partida «de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para
arrastrar tras sí discípulos [así literalmente]» (Hechos 20:30). He aquí el
quid de la cuestión: el afán de control, la usurpación de autoridad.
El apóstol Santiago, testigo personal del talante de su hermano Jesús, escribió:
«¿Quién es sabio y entendido entre vosotros? Muestre por la buena conducta sus obras en sabia mansedumbre. Pero si tenéis celos amargos y contención en vuestro corazón, no os jactéis, ni mintáis contra la verdad; porque esta sabiduría no es la que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica. Porque donde hay celos y contención, allí hay perturbación y toda obra perversa. Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía» (Stg. 3:13-17).
El vanidoso se infla como una rana, como observó jocosamente Emily Dickinson la «reclusa de Amherst», en su poema de 1891 titulado ‘No soy nadie’:
No soy nadie ¿Quién eres tú?
¿Eres - Nadie - también?
¡Entonces somos dos!
No lo digas. Lo anunciarían, ¿sabes?
¡Qué triste es ser alguien!
Qué público, como una rana
Decir el nombre de uno... durante todo junio...
...a un pantano admirador.
Ni el sentido del humor de Emily, ni la excentricidad de su puntuación debe minimizar la penosa realidad que vemos a diario: el envanecimiento de quienes aspiran ante todo a darse a conocer, tengan méritos para ello, o no. Harían bien en acercarse a un estanque en junio para escuchar a las ranas croar.
Harían bien, también, en acercarse a quien dijo:
«Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mt. 11:29) — palabras que en boca de cualquier otro sonarían a falsa modestia y manifiesta hipocresía.
El carácter de Cristo produce descanso para el alma,
«la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento» (Fil. 4:7), mientras que el afán de protagonismo y la ambición desmedida generan estrés —tensión, ansiedad, angustia, fatiga y agotamiento— según el diccionario de la RAE. En ello nos ganan las ranas, felices ellas en el estival estanque de su efímera vocación.