por S. Stuart Park
Dejamos el hermoso relato de las bodas de Caná, primera y emblemática señal según el Evangelio de San Juan, pero no sin recordar las palabras que Jesús dirigió a su madre, y que podríamos parafrasear así:
«¿Por qué me involucras a mí en este asunto? La hora de mi propia boda no ha llegado aún». Aquel día llegará, y él será el divino anfitrión (Apoc. 19:9). Mientras tanto, el mundo sigue su curso y a veces parece como si se precipitara hacia el abismo. Conviene, por tanto, contrastar el carácter de Cristo con la falsedad que infecta el mundo, incluso el de la religión, con su afán de protagonismo y ostentación.
El propio Señor Jesús preparó a sus discípulos para que pudieran discernir la presencia de quien llamó el «ladrón y salteador», el usurpador que ocupa un lugar que no le corresponde:
«De cierto, de cierto os digo: El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ese es ladrón y salteador. Mas el que entra por la puerta, el pastor de las ovejas es. A este abre el portero, y las ovejas oyen su voz; y a sus ovejas llama por nombre, y las saca» (Jn. 10:1-3).
Jesús, el Buen Pastor, entró por la puerta del redil sin subterfugios ni autopromoción, plenamente avalado por el testimonio de la ley y los profetas que prepararon su camino, el Siervo del Señor que vino a dar su vida por sus ovejas. El rey David, precursor del Mesías, sufrió humillación y exilio de manos de su propio hijo Absalón, que empleó las oscuras artes del usurpador para seducir al pueblo:
«Aconteció después de esto, que Absalón se hizo de carros y caballos, y cincuenta hombres que corriesen delante de él. Y se levantaba Absalón de mañana, y se ponía a un lado del camino junto a la puerta; y a cualquiera que tenía pleito y venía al rey a juicio, Absalón le llamaba y le decía: ¿De qué ciudad eres? Y él respondía: Tu siervo es de una de las tribus de Israel. Entonces Absalón le decía: Mira, tus palabras son buenas y justas; mas no tienes quien te oiga de parte del rey. Y decía Absalón: ¡Quién me pusiera por juez en la tierra, para que viniesen a mí todos los que tienen pleito o negocio, que yo les haría justicia! Y acontecía que cuando alguno se acercaba para inclinarse a él, él extendía la mano y lo tomaba, y lo besaba. De esta manera hacía con todos los israelitas que venían al rey a juicio; y así robaba Absalón el corazón de los de Israel» (2 Samuel 15:1-6).
Asombra la facilidad con la que el usurpador engaña al pueblo, pero no nos debe sorprender: sucede a diario en el mundo de los medios, la política y la religión. Absalón impresionó con su séquito y embaucó con sus falsas promesas y su fingido amor, robando así el corazón de un pueblo que carecía de criterio propio, deslumbrado por las apariencias y obcecado por la superficialidad, lo contrario de aquel
Esse Quam Videri con el que empezamos nuestra reflexión.
S. Pablo calificó al verdadero amor así:
«El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor» (1 Co. 13:4-5).
Así reflejó el amor de Dios Jesús.