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QUID PRO QUO. LOS “CUATRO ROSTROS” DEL AMOR      

      El pan nuestro de cada día
            Quid pro Quo. Los cuatro rostros del Amor (44). El Amor divino.

por S. Stuart Park

    Valladolid, 28 de Marzo de 2025

Gorrión picoteando
 

No pensemos que el Señor arreglará nuestra incompetencia o falta de previsión —aunque en tantas ocasiones una mano amiga nos haya sacado inesperadamente de un apuro—, ni mucho menos esperar un milagro material como la transformación del agua en vino. Sí podemos pensar, en cambio, que la misma providencia que entre bastidores socorrió al esposo de Caná de Galilea nos asistirá a nosotros también, a veces, sin que nos demos cuenta, como con los manojos que mandó esparcir Booz en el camino de Ruth; y cada vez que los pajarillos acuden a comer las migajas que les dejamos en el alféizar de la ventana me acuerdo de la provisión de Dios, y de la oración que dice «el pan nuestro de cada día, dánoslo hoy», ya que a fin de cuentas, todo proviene de Dios.

Ahora bien, la escena de Caná va más allá de una sencilla lección de ayuda providencial. Se trata de una «señal», la primera de las siete que relata S. Juan, y la expresión indica que las obras de Jesús han de entenderse como indicativas de su carácter y de su misión. La señal de Caná ilustra lo que Juan expuso en su soberbio Prólogo al cuarto Evangelio en referencia al Logos divino, Jesús:
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo. Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia» (Jn. 1:14-16).
De ello se trata: la plenitud de Cristo que suple la ausencia, el vacío, la escasez. Los milagros de Jesús están alejados, por tanto, del afán de protagonismo que caracteriza con frecuencia al mundo religioso, el alarde de una espiritualidad superior. El historiador carmelita y amigo Teófanes Egido, él mismo, un prosista magistral, ha escrito páginas luminosas sobre San Juan de la Cruz, otra figura señera coetánea de Teresa y fray Luis, en relación con la «excitación milagrera» de su tiempo:
«Como su espiritualidad es fuertemente cristocéntrica y parte de la teología de la Cruz, es comprensible que el misterio de la salvación culminase en el mayor desamparo y aniquilamiento del Señor: “en él hizo la mayor obra que en (toda) su vida con milagros y obras había hecho”» (Subida 2, 7, 1).
Podríamos preguntarnos, por último, por qué Jesús eligió un banquete de bodas para realizar su primera señal, y cuál fue el motivo de su modus operandi particular. Tal vez su llegada en compañía de doce discípulos desequilibró los cálculos del anfitrión; tal vez por respeto a la preocupación de su madre; y sin duda para resolver la situación comprometida del esposo en su gran día. Pero más allá de la circunstancia concreta, se trata del perfecto escenario para manifestar la dadivosidad de Dios, de cuya plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia.

Nadie lo ha expresado mejor que S. Pablo: «Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos» (2 Corintios 8:9). Se trata del elocuente Quid pro Quo, por así decirlo, de nuestra epigramática formulación.


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