por S. Stuart Park
En el anterior artículo citábamos a Santa Teresa en su
Libro de la vida, redactado en una apartada celda del monasterio de San José de Ávila entre los años 1563 y 1565, una asombrosa proeza literaria que traigo a colación de nuevo por el Prólogo que aportó a su publicación en 1588, seis años después de muerta, aquel maestro de las letras españolas que fue fray Luis de León. Dudo si puede encontrarse un encomio más generoso, una clara reivindicación de una pobre mujer flaca y ruin, como ella se denominaba a sí misma, que rezuma un espíritu de magnanimidad cristiana ejemplar. Después de elogiar en primer lugar la obra de las fundaciones que realizó Teresa contra viento y marea, el maestro fray Luis pasa a valorar en segundo lugar sus escritos:
«Y no es menos clara ni menos milagrosa la segunda que dije, que son las escrituras y libros, en los cuales sin ninguna duda quiso el Espíritu Santo que la madre Teresa fuese un ejemplo rarísimo; porque, en la alteza de las cosas que trata y en la delicadeza y claridad con que las trata, excede a muchos ingenios; y en la forma del decir y en la pureza y facilidad del estilo, y en la gracia y buena compostura de las palabras, y en una elegancia desafeitada que deleita en extremo, dudo yo que haya en nuestra lengua escritura que con ellos se iguale. Y así, siempre que los leo me admiro de nuevo y en muchas partes de ellos me parece que no es ingenio de hombre el que oigo, y no dudo sino que hablaba el Espíritu Santo en ella en muchos lugares, y que la regía la pluma y la mano, que así lo manifiesta la luz que pone en las cosas oscuras, y el fuego que enciende con sus palabras en el corazón que las lee».
Lo que llama verdaderamente la atención del elogio de fray Luis es el hecho de que su propia escritura es un ejemplo incomparable de elegancia y pureza que deleita en extremo. Es el espíritu de un verdadero señor, el mismo que redactó en una celda inquisitorial de Valladolid
De los nombres de Cristo, un encomio de las virtudes de Cristo difícil de superar. El amor de Dios se transmite a través de un espíritu benigno que no tiene envidia, como enseñó S. Pablo (1 Corintios 13), un ejemplo raro en el mundo de las letras, incluso en el ámbito de la espiritualidad. Él mismo, víctima de la envidia, al salir de la cárcel recordó su experiencia así:
Aquí la envidia y la mentira
me tuvieron encerrado.
Dichoso el humilde estado
del sabio que se retira
de aqueste mundo malvado,
y con pobre mesa y casa
en el campo deleitoso
con sólo Dios se compasa
y a solas su vida pasa,
ni envidiado ni envidioso.
«Yo no busco mi gloria» —dijo Jesús—, el Rey y Señor que no necesitó un séquito para darse a conocer, y en la próxima entrega hablaré de la peculiar gloria de Cristo, el espejo en el que se había mirado fray Luis.