por S. Stuart Park
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Jn. 3:16). Este, uno de los textos más conocidos de la Biblia, declara sucintamente un misterio, el amor de Dios por un mundo que costó la muerte de Jesús, «
el justo por los injustos para llevarnos a Dios» (1 P. 3:18), el inmerecido
Quid pro Quo de nuestra salvación.
Entramos así en el cuarto y último de los cuatro «rostros» del amor, el amor divino, del que proceden los demás amores, un amor que excede a todo conocimiento, en palabras de S. Pablo:
«Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios» (Efesios 3:14-19).
¿Cómo describir este amor en términos alejados de las formulaciones abstractas propias de la teología profesional? Lo haremos a través del comportamiento de Cristo en el mundo. Empezaré con un sencillo poema escrito por un profundo pensador a quien he tenido el privilegio de conocer, el teólogo y escritor peruano Samuel Escobar, un hombre afable y amigable, capaz de plasmar el amor de Dios por el mundo en versos de entrañable simplicidad:
Del alelí, el clavel y la magnolia
hemos de hablar, Jesús,
que tú me dices
que hay que pasar y contemplarlos,
que es el Padre
que los viste en desborde de belleza.
Y me paro, Jesús,
y me detengo a verlos,
mirarlos, contemplarlos con asombro.
Y el habla se me agota:
solo queda extasiarse,
y terminar y hacer correr la pluma:
del alelí, el clavel y la magnolia.
El amor de Dios por el mundo abarca, cómo no, la magnolia, la magnolia, el clavel y el alhelí.