por S. Stuart Park
Rosalía de Castro (1837-1885) ocupa un lugar en las letras gallegas parejo al de Robbie Burns en las escocesas, ya que ambos prestigiaron la lengua autóctona en sus versos y son considerados iconos de dos culturas cuyas similitudes van más allá de su afinidad por el arte de la gaita. Guarda similitud con John Keats, también en que los dos lucharon con una salud precaria y murieron en la flor de la vida.
Nos hemos referido al pesimismo de Luis Cernuda y su renuncia al sueño de la trascendencia ya que según él «Dios no existe» y en estas líneas no valoramos la sinceridad de los sentimientos religiosos expresados en los versos que citamos, sino procuramos tan solo presentar el abanico de respuestas a la gran incógnita de la vida de la manera más variada posible. Rosalía que luchó con su propio destino, como todo ser humano, dejó este testimonio singular (´En las orillas del Sar´):
Si medito en tu eterna grandeza,
buen Dios, a quien nunca veo,
y levanto asombrada los ojos
hacia el alto firmamento
que llenaste de mundos y mundos...
toda conturbada, pienso
que soy menos que un átomo leve
perdido en el universo;
nada, en fin... y que al cabo en la nada
han de perderse mis restos.
Mas si cuando el dolor y la duda
me atormentan, corro al templo,
y a los pies de la Cruz un refugio
busco ansiosa implorando remedio,
de Jesús el cruento martirio
tanto conmueve mi pecho,
y adivino tan dulces promesas
en sus dolores acerbos,
que cual niño que reposa
en el regazo materno,
después de llorar, tranquila
tras la expiación, espero
que allá donde Dios habita
he de proseguir viviendo.
La respuesta de Rosalía se encuentra en las antípodas de la de Dylan Thomas, el gran poeta galés, como se verá.