por S. Stuart Park
John Keats (1795-1821) es considerado uno de los más grandes poetas en lengua inglesa, y su ‘Oda al ruiseñor’ ocupa un lugar de honor en el hermoso poemario que dejó. Cuando lo escribió Keats sabía que padecía tuberculosis, la enfermedad que había llevado a la tumba a su madre y a su hermano, y la conciencia de las consecuencias de su condición tiñe de melancolía y mortalidad su poesía, y aumenta su belleza. Keats se marchó a Roma en busca de un clima más seco, pero murió allí a los veintiséis años, dieciocho meses después. La riqueza de sus versos supera mi limitada capacidad traductora, pero el espíritu de la Oda trasciende mi torpe intento de transmitir el asombro del poeta al escuchar al «pájaro inmortal» que es el ruiseñor. Una de sus estrofas reza como sigue:
Desvanécete lejos, disuélvete, y olvida por completo
Lo que entre las hojas nunca has conocido,
El cansancio, la fiebre, y el desasosiego
Aquí, donde los hombres se sientan y se oyen gemir unos a otros;
Donde la parálisis sacude unas pocas, tristes, últimas canas,
Donde la juventud palidece, y se adelgaza como un espectro, y muere;
Donde sólo pensar es estar lleno de tristeza…
Keats fue enterrado en el Cemitero Acattolico, el llamado Cementerio Protestante en Roma, un lugar bucólico donde también descansan los restos de otro gran poeta, Percy Bysshe Shelley, y los de otros personajes conocidos como el marxista Antonio Gramsci. En la lápida de Keats se lee AQUÍ YACE UNO CUYO NOMBRE FUE ESCRITO EN EL AGUA, pero la brevedad de su vida y su enfermedad han legado al mundo belleza, y cada vez que oigo el poderoso canto del ruiseñor me acuerdo de él.
El poeta Luis Cernuda interpretó a su manera la inscripción y escribió un texto que lleva por título: ESCRITO EN EL AGUA, en el que relata su pérdida de ilusión y fe:
«Fue un sueño más, porque Dios no existe. Me lo dijo la hoja seca caída, que un pie deshace al pasar. Me lo dijo el pájaro muerto, inerte sobre la tierra el ala rota y podrida. Me lo dijo la conciencia, que un día ha de perderse en la vastedad del no ser. Y si Dios no existe, ¿cómo puedo existir yo? Yo no existo ni aun ahora, que como una sombra me arrastro entre el delirio de sombras, respirando estas palabras desalentadas, testimonio (¿de quién y para quién?) absurdo de mi existencia».
En una tumba musgosa detrás de una iglesia en New Plymouth donde está enterrado un ciudadano llamado Armitage Brown, pionero de aquella zona de Nueva Zelanda, hay una lápida que lleva simplemente la inscripción: The Friend of Keats (El amigo de Keats). Le entiendo perfectamente.