por S. Stuart Park
Siento gran predilección por John Clare (1793-1864), un mozo de labranza sin estudios que en versos memorables celebró la belleza del mundo natural como ningún otro poeta inglés, y cuando leo sus evocaciones de la búsqueda de nidos en el campo se revuelve algo profundo en el fondo de mi ser.
Le traigo a colación porque John Clare también fue recluido y escribió grandes poemas desde una celda, por una caída en locura. El motivo de su reclusión estaba relacionado con una serie de alucinaciones acerca de su identidad personal. Entre otros delirios, creía ser el mismísimo William Shakespeare, y, posteriormente, la reencarnación de Lord Byron. Escribió ‘Yo soy’ un poema en el que refleja con amarga ironía la lucha interna por encontrar su propia individualidad, y el abandono que sintió:
Yo soy: sin embargo, lo que soy nadie conoce o le importa,
mis amigos me abandonan como a un recuerdo perdido;
yo soy el consumidor de mis propios males,
se levantan y desaparecen, inconscientes,
sombras de la vida cuya alma se ha perdido;
¡y sin embargo, yo soy! -y vivo- aunque echado
en la nada del desprecio y el ruido,
en el mar vivo de los sueños despiertos,
donde no hay sentido de la vida ni alegrías,
sino el gran naufragio de mi propia estima;
y de todo lo querido. Incluso los que más amé
son extraños —más extraños incluso que el resto.
Añoro lugares donde el hombre nunca haya pisado;
lugares donde ninguna mujer haya sonreído o llorado;
para morar allí con mi creador, Dios,
y dormir como dormí dulcemente en la infancia:
con altos pensamientos, no nacidos; así descanse
la hierba debajo, encima el cielo abovedado.
Son versos que evocan, extrañamente, la desolación de Job, que se sintió abandonado por Dios y por los hombres: «Hizo alejar de mí a mis hermanos, / Y mis conocidos como extraños se apartaron de mí. / Mis parientes se detuvieron, / Y mis conocidos se olvidaron de mí» (19:13-14).
Hay otros tipos de reclusión, y en el próximo artículo hablaré del hermoso poema que escribió John Milton sobre su ceguera.