por S. Stuart Park
No solo Jesús fue tildado de carente de estudios: también lo fueron sus discípulos tras la Resurrección: «Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús» (Hch. 4:13). La palabra traducida «sin letras» en griego es
idiōtes, y aunque no significaba lo mismo en aquella cultura, no me extrañaría que se les considerasen idiotas, por no decir locos.
Cualquiera que lea el libro de los Hechos por primera vez se sorprenderá de la elocuencia del pescador galileo que era Simón Pedro al predicar a una gran multitud en el Día de Pentecostés, o en su defensa de la fe ante el Concilio. La razón era doble: primero porque conocía el lenguaje de las Escrituras, y segundo, porque había estado con Jesús, cuyas palabras y pensamientos habían calado en lo más profundo de su ser. Elocuencia y denuedo, ya que la certeza de su fe fue cimentada en la resurrección de Cristo, anticipada por los profetas antiguos, y cumplida en la ciudad de Jerusalén.
El académico Fernando Lázaro Carreter en su Introducción a la edición de
El Quijote que publicó el Instituto Cervantes analiza el empleo constante de refranes populares de Sancho Panza, una genial estrategia literaria que adereza necesariamente la conversación del escudero de Don Quijote, un aldeano mucho más carente de letras que Pedro:
«El descubrimiento ocurre en el importantísimo coloquio de Sancho con su mujer, en el capítulo 5 de la Segunda parte. Momento difícil para el novelista, porque ha de hacer hablar a dos analfabetos. Se impondría que entre ellos fluyera un coloquio toscamente humilis; pero eso hubiera descompensado la ponderada concertación de la obra, tan delicadamente equilibrada por el escritor. Imaginemos lo chocante que resultaría una larga conversación entre dos personajes tan rudos.
Para prevenir una estrategia que conjure ese riesgo, Cervantes utiliza una admirable argucia. Al frente del capítulo inserta la siguiente advertencia: “Llegando a escribir el traductor desta historia este quinto capítulo, dice que le tiene por apócrifo, porque en él habla Sancho Panza con otro estilo del que se podía prometer de su corto ingenio y dice cosas tan sutiles, que no tiene por posible que él las supiese, pero que no quiso dejar de traducirlo, por cumplir con lo que a su oficio debía” (I, 5, 723). De ese modo, haciendo que el escudero alce, aunque sea apócrifamente, su calidad expresiva, evitará el insoportable arrusticamiento de los dos aldeanos, y restablecerá el desnivel elocutivo que, mutatis mutandis, mantienen don Quijote y Sancho».
En el caso de Pedro y Juan no fue necesario «alzar su natural calidad expresiva» con una argucia. El conocimiento de la Escritura culturiza: lo sé de primera mano: mi propio padre, un hombre sin estudios, cuando era invitado a predicar en alguna iglesia rural cerca de Preston, empleaba las cadencias y ritmos de la Biblia que tanto amaba, y disfrutaba con el rico léxico de los textos que citaba de memoria con fluidez.