por S. Stuart Park
En las últimas horas antes de ir a la Cruz el Señor experimentó como ninguno la soledad del abandono y la traición. El psicoanalista italiano Massimo Recalcati, en un estudio titulado
La noche de Getsemaní, compara y contrasta dos eventos que precedieron a la entrega de Jesús, la traición de Judas con la negación de Pedro, momentos dolorosos en extremo, el de Judas, amargo fruto de un proceso larvado en el tiempo, y el de Pedro, fruto de un momento de temor y debilidad:
«La decisión de Judas ha de leerse más bien como… una auténtica voluntad de eliminar el cuerpo y la palabra del Maestro que se ha convertido en motivo de escándalo para él. Cada vez que un discípulo traiciona al Maestro al subestimar toda forma de deuda respecto a él, es porque ya no lo reconoce como maestro… porque la vida del Maestro se ha convertido en una sombra insoportable de la que siente la necesidad de liberarse. La mente de Judas se ve ofuscada por la necesidad de su propia autonomía y libertad como si su existencia dependiera de la muerte del Maestro, de su eliminación. Este es el fantasma envidioso que lo ofusca».
Según Recalcati, todo maestro arriesga ser traicionado por su discípulo. El asunto nos concierne porque delata la tendencia del ser humano a caer en la ingratitud. No fue así la negación de Pedro, un hombre que amaba a Jesús, dispuesto a seguirle hasta el final, emblemático no de resentimiento y envidia, sino de amor y fe:
«La distancia abismal que separa a Pedro de Judas parece diluirse en la espesa oscuridad, las dos figuras parecen superponerse. Pedro traiciona no solo una vez, sino varias veces, tres veces nada menos, en unas pocas horas. Su fe, que parecía hecha de granito, se deshace, se desmenuza, cede a los primeros golpes, se descompone. ¿Cómo es posible que ocurra algo así? Él, a diferencia de Judas, no confabula, no trama nada a sus espaldas, no critica, no subestima, sino que honra sinceramente la palabra del Maestro. A través de la traición de Pedro, Jesús está destituyendo toda idealización heroica de la lealtad. Quiere demostrar que incluso el amor más sólido —por ser humano— puede caer, resbalar, traicionar su propia causa. ¿Es que Pedro no refleja acaso la ambivalencia dramática que recorre todo vínculo de amor? Dice la verdad cuando afirma sin vacilación su amor, y sin embargo es incapaz de superar la prueba de este amor».
Todas las grandes figuras de la historia bíblica sufrieron la soledad del abandono o la traición. Escribió el rey David (Sal. 27:10, 12):
Aunque mi padre y mi madre me dejaran,
Con todo, Jehová me recogerá.
(…)
No me entregues a la voluntad de mis enemigos;
Porque se han levantado contra mí testigos falsos,
Y los que respiran crueldad.
Pero ninguno sufrió como Cristo, ejemplo máximo de la soledad más absoluta, desamparado incluso por Dios.