por S. Stuart Park
En los artículos que hemos dedicado a la figura de Jonás estamos, de nuevo, ante un ejemplo donde el
lenguaje del texto es susceptible de oscurecer el sentido superior, la palabra que conduce a Cristo. Sería fácil extraer del ejemplo de Jonás una lección moralizante: nosotros, a diferencia del profeta, deberíamos ser obedientes siempre. Sería fácil decirlo, pero conviene antes calcular el precio de la obediencia. Recordemos el ejemplo supremo, el de Jesús en Getsemaní donde fue tentado a desistir:
«Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro. Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo. Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú» (Mt. 26:36-38).
Si el Hijo de Dios experimentó en sus propias carnes la tentación de volver atrás, ¿quién se siente capacitado para juzgar al solitario profeta encargado de llevar a cabo una misión humanamente imposible? Conocedor íntimo del corazón de Dios, Jonás sabía que si los ninivitas se arrepienten y se convierten a Dios, ¿cuál no sería la suerte de su propio pueblo, que mata a los profetas y apedrean a los que le son enviados? Y ¿cuál sería la reacción de sus conciudadanos, que le tildarían de traidor? Por ese motivo había huido de Israel; por idéntica razón quería morir en Nínive, lejos de su tierra. El propio Señor Jesús no albergaba dudas al respecto:
«¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste!» (Lc. 13:34).
Emerge la visión, por tanto, de la debilidad humana de un profeta que, abrumado ante las implicaciones de su misión, claudicó antes de vencer, pues
errare humanum est, pero que fue valiente, y cumplió con fidelidad su vocación. Ilumina con luz propia la entrega del Salvador que puso su rostro como un pedernal para ir a Jerusalén (Is. 50:7), y fue a la Cruz sin volver la mirada atrás.
El coste del discipulado es alto y el Nuevo Testamento registra dos ejemplos que nos pueden aleccionar: Pablo, el verdadero «apóstol a los gentiles», que al conocer la misión que le había sido encomendada escribió: «No fui rebelde a la visión celestial» (Hch. 26:19), palabras que ocultan un drama; y Simón Pedro, el valiente apóstol que en el patio de Caifás transigió por miedo y negó por tres veces al Señor.
De Simón, «hijo de Jonás», hablaremos en la próxima entrega. Para ello viajaremos a la orilla de otro mar, el de Tiberias, para asistir a la restauración y nueva comisión de Pedro.
Los ecos de la historia del profeta de Gat-Hefer son múltiples, e iluminan la comprensión y compasión de Cristo.