La señal de Jonás Cuestiones de Palabras (33).
por S. Stuart Park Valladolid, 09 de Enero de 2026
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Cetáceo «monstruo marino» |
Hemos recordado en la cabecera de esta sección cómo el Señor Jesús reprochó a los fariseos por su falta de comprensión: no entendían su lenguaje —les aseguró—porque no podían escuchar su palabra (ver Jn. 8:43). Hemos sugerido que la misma disyuntiva lenguaje-palabra puede condicionar nuestra manera de leer y entender toda la Escritura. Un caso paradigmático se encuentra en la historia de Jonás que en la superficie presenta una imagen muy negativa del profeta y solo deriva su significado profundo leído a la luz de Cristo.
¿Cómo hay que leer la historia de Jonás? Desde el punto de vista exegético el texto parece conducirnos a un callejón sin salida, y el autor plantea interrogantes a los que no parece responder de manera coherente. ¿Por qué abandona Jonás su patria? ¿Por qué parece insensible ante la suerte de los ninivitas? ¿Por qué no quiere volver a Israel tras su triunfal misión?
No faltan las respuestas negativas: Jonás, el nacionalista xenófobo, egoísta y mezquino, cobarde y desobediente, que no obstante, tras su traumática estancia en el fondo del mar predicó en Nínive donde gracias a su mensaje se produjo un avivamiento espiritual sin precedentes. Jesús de Nazaret vio en la estancia de Jonás en el vientre del gran pez un tipo de su propia muerte y resurrección, y mostró respeto por la figura de su denostado predecesor.
El autor de Jonás narra una historia breve y en apariencia, sencilla. Un profeta hebreo, oriundo de Gat-hefer en Galilea (ver 2 R. 14:25-27), y sin honra en su propia tierra, es enviado a la lejana ciudad asiria de Nínive para «pregonar contra ella», ya que su maldad ha subido delante de Jehová. El profeta no quiere, o no puede ir, y huye en dirección contraria hacia Tarsis a bordo de una nave en cuyo interior, vencido por el sueño, queda dormido.
Durante la travesía se desata una tempestad tan grande que los marineros, temerosos de que el barco se vaya a partir en dos, claman a sus dioses y aligeran la carga, arrojando los enseres a la mar en un intento desesperado de salvar sus vidas. El capitán de la nave despierta a Jonás a voces, y le recrimina por su falta de preocupación. Los marineros echan suertes para descubrir por qué causa les ha sobrevenido tan grande mal, y la suerte cae sobre Jonás, quien revela su identidad, confiesa su huida de la presencia del Señor, y se ofrece a los marineros para que le arrojen por la borda. Ellos, que reconocen la integridad moral de Jonás, se resisten a responsabilizarse por la «sangre inocente» del profeta.
Las resonancias evangélicas son claras. Jonás, dormido en el interior de la nave mientras la tempestad ruge alrededor, es despertado y efectúa la salvación de los marineros quienes, en consecuencia, hacen votos al Dios de Jonás. El episodio presagia un relato asombroso con múltiples ecos de la persona y obra de Cristo, como veremos a continuación, y consideraremos sus implicaciones para nosotros hoy.
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