por S. Stuart Park
Hay comunicación en el silencio y a veces callar vale más que mil palabras. En el dolor, en el amor y en la comunión espiritual, la quietud proporciona un espacio para el recogimiento y la gratitud. El salmista David, íntimo conocedor de la tranquilidad de los campos, percibió la voz de un Dios que se expresa sin lenguaje ni palabras, y al contemplar el silencioso firmamento y el orden de los tiempos meditó en la sabiduría del Creador:
Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.
Un día emite palabra a otro día,
Y una noche a otra noche declara sabiduría.
No hay lenguaje, ni palabras,
Ni es oída su voz.
Por toda la tierra salió su voz,
Y hasta el extremo del mundo sus palabras.
(Sal. 19:1-4).
No todos ven en la soledad del campo y la majestuosidad del cielo la sabiduría o la bondad de Dios, y la mudez del cosmos puede tornarse aterradora. El filósofo Boecio (480-524), en
La consolación de la filosofía, una obra célebre cuyo autor esperaba juicio y muerte por crímenes que no cometió, reflexiona sobre el bien y la fortuna en un mundo incierto y dedicó este poderoso alegato contra la pasividad de Dios:
«En cuanto a mí, me he visto privado de mi fortuna, arrojado de todos los cargos, manchada mi reputación; y todo por hacer el bien. Paréceme contemplar los sacrílegos antros de los criminales desbordantes de alegre júbilo; a hombres viciosísimos tramando nuevas intrigas, mientras las gentes honradas se ven abatidas, atemorizadas por el riesgo de una aventura trágica; los criminales, amparados por la impunidad, se lanzan a perpetuar nuevos crímenes, alentados con la esperanza del premio que les aguarda. Al tiempo que el inocente no solo no puede contar con su propia seguridad, pero ni siquiera puede defenderse» (Libro I).
Y añadió:
«Pero lo que más me apesadumbra es que, aun cuando haya un ser supremo lleno de bondad, que todo lo gobierna, pueda existir y quedar impune el mal en el mundo... Que esto suceda en el reino de un Dios que todo lo puede, que todo lo sabe y solo quiere el bien, es lo que suspende el ánimo y nunca se lamentará bastante» (Libro IV).
El prado verde puede tornarse en valle de sombra de muerte, y cuando el cielo se oscurece y ruge la tormenta, ¿hay ancla segura para nuestra vida en el mundo?