por S. Stuart Park
Ciertamente las cosas inanimadas que producen sonidos, como la flauta o la cítara, si no dieren distinción de voces, ¿cómo se sabrá lo que se toca con la flauta o con la cítara? Y si la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla? (1 Co. 14:7-8). Con estos ejemplos tomados del mundo de la musicología Pablo denunció el uso inoportuno de sonidos inciertos (la
glosolalia) en la iglesia.
Mientras escribo, escucho una sinfonía de Sibelius en Radio Clásica, y por el balcón abierto llega el quiquiriquí del gallo de un corral vecino en Asturias. El contraste es ilustrativo. Los instrumentos musicales dan «distinción de voces» que se combinan para generar un efecto placentero o dramático según el caso, gracias a la pericia de compositor, director y orquesta; si no, producirían una cacofonía difícil de tolerar. El mundo natural, a diferencia de la composición musical, es escenario de sonidos dispares cuya causa y razón solo podemos adivinar.
No se sabe a ciencia cierta por qué a comienzos de la primavera las aves canoras unen sus voces para participar a pleno pulmón en el llamado «coro del amanecer», un asombroso fenómeno vocal cuyos participantes sí conocerán su causa o razón, es de suponer, pero que a los seres humanos se nos escapan. ¿Por qué canta el gallo a primera luz del día? No se sabe, pero todos los gallos del planeta Tierra lo hacen, y habría que preguntarles a ellos el motivo.
Algunas causas del canto de las aves se pueden adivinar. El mirlo alza su voz en la oscuridad de la madrugada en época de cría para atraer una pareja y marcar un territorio, porque a esas horas —se supone— no hay competencia sonora y el poderío de su canto no tiene rival. Cuando el pequeño carbonero salta del arbusto al comedero enfrente del balcón para llevarse un trocito de nuez o una pipa, emite un pequeño silbido como para decir: ¡Esta es para mí, y absténganse curiosos! O eso nos parece. No sabemos por qué canta el gallo para saludar al alba, pero Simón Pedro, tras negar por tres veces al Señor sí supo la razón, y aquel canto rompió su corazón. Se lo había dicho Jesús:
«Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos. Él le dijo: Señor, dispuesto estoy a ir contigo no solo a la cárcel, sino también a la muerte. Y él le dijo: Pedro, te digo que el gallo no cantará hoy antes que tú niegues tres veces que me conoces» (Lc. 22:31-34).
Pedro lloró amargamente porque amaba al Señor. Los fariseos que rechazaron las palabras de Jesús, cegados por la envidia, le tildaron de samaritano y endemoniado, y pese a su ortodoxia religiosa y erudición, las palabras de los fariseos rezumaban odio y, al pronunciarlas, se traicionaron a sí mismos.
Bien dijo Pablo: «Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe» (1 Co. 13:1), un nuevo ejemplo tomado de los instrumentos musicales que demuestra que aun las cosas inanimadas nos pueden enseñar una importante lección.